Tus manos caen en la mía como un eslabon eterno

Hay un espectro de rostro sereno,
de lluvia menuda, de cántaro
volcado de la tierra del alma; uno
que recupera colores en la sufrida
claridad de su sonrisa.
Avanza su espejo medio siglo de barro;
lleva la rosa que sostiene su interior una
libertad de lagrima, una sirena robando el
arcoíris, y una pupila como pegada bondad;
detenta silencio de todos los hombres que alimentaron
el amor, y un corazón, perdida la túnica blanca y roja
que lo denunciaba.
En su frente se pueden escoger los tesoros del dolor,
las latitudes muertas y un portal suspendido
abierto sésamo, rincón en la garganta de los claveles.
(La amargura se abre en el como sol del ojo;
la luna no canta en los gallos de ramas que han emigrado
sus vientos)
A ese rostro nunca regreso la hora de la incoherencia de
sentimientos y religiones: tiene olas en procura de la
entrañable heroica, oído que no
piensa, labios que no se escuchan solo, uñas
que arrastran el cielo y el manantial del aliento
ternura que nace de un noble caracol sin sexo.
Rememora su habitual posición de llanto:
¿Quién eres tu al rededor de mi?
Manuel de todos los canes como niños mansos
de las estrellas, comprende que ella, la muerte, la muerta,
es el movimiento de la vida, que ante de todo inicio la
muerte des nacía en aras del misterio, eraba luceros
que desplazan la suavidad del viento, que te oculta al ruido.
Eres el ángel enviado cerrado del aire, tu mirada,
refleja la terminal soñando, y nunca es tiempo de
que el sol se pudra en tus naranjas lloradas.
Freddy Gatón Arce
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